Historia de Santiago del Estero

Por Guillermo Adolfo Abregú

Breve reseña histórica de la provincia de Santiago del Estero, nominada "Madre de Ciudades" por ser la más antigua de la Argentina. Fragmentos de la obra publicada con forma de libro por la Municipalidad de la Capital de Santiago el Estero en 2003, con motivo de celebrarse su 450 aniversario.

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Ubicación: Internacional, Santiago del Estero, Argentina

lunes, julio 25, 2005

Cultura y tradición

¡Claro que eran tiempos difíciles, de infortunios y penurias! La tragedia de la intriga y la discordia de los poderes personales entre sucesivos gobernantes (cárcel, torturas, sentencias, muertes, sublevaciones y destierros) y de las encarnizadas luchas con bravíos naturales, imperó por largos años. Sobre esto último, la agresión de los salvajes hizo caer una por una las primeras ciudades fundadas desde Santiago. Hacia 1564, la provincia del Tucumán había quedado reducida a su capital. Sin embargo, hubo también intervalos de calma y nuevas campañas pobladoras merced a la victoria de ciertos caudillos, como en su momento lo logró Aguirre.
Por encima de toda adversidad, Santiago comenzaba a marcar sus primeros rasgos de comunidad indo-hispano-americana. A semejanza de los versos de Rubén Darío, en ella “caía la semilla de la raza de hierro que fue España, con la fuerza del indio de la montaña”.
Valga reiterarlo: en el escenario de la conquista hubo episodios desgraciados, menores y extremos, pero en el intento de penetrar en lo que fue la vida diaria en los primigenios días de Santiago del Estero, vamos al rescate de lo que obró en la historia para darle a ésta sentido y fin de grandeza, aún desde las pequeñas cosas.
Las costumbres y hábitos de esparcimiento se ponían de manifiesto en diversos aspectos: juegos, tertulias, música y danzas. Los indios lugareños ejecutaban su música en flautas de caña (pincullos), cornetas, silbatos con los que imitaban el canto de los pajaros, ocarinas y tambores de membrana, y en sus fiestas como el chiqui y la challa de los pueblos andinos, eran muy dados al baile y a la danza con sones guerreros, practicaban la alfarería y habían aprendido juegos y destrezas a caballo.
En su libro “Idiomas Aborígenes”, Carlos Abregú Virreira nos cuenta que los lules y tonocotés, llamados juríes por los diaguitas (de suris-avestruces, por su ligereza), alternaban sus ceremonias con la práctica del deporte, demostrando notables habilidades en juegos de pelota y en la chueca, de gran similitud al hockey, que ya conocían antes de la conquista. Y entre los más característicos estaba el concullu que consistía en llevar a uno en la espalda prendido del pescuezo, con las piernas sujetadas por los brazos del cargador. Es el famoso unculitu de Santiago.
Los españoles, a su vez, sin dejar de atender diariamente los asuntos militares y menesteres de caballería en el fuerte o en sus propias haciendas, al descargarse de obligaciones, o luego de un merecido descanso al regresar de prolongadas exploraciones y agotadoras misiones, se entretenían en tirar al blanco con arcabuces y ballestas, en jugar a los dados o a los naipes, en carreras equinas o lances de esgrima, gustando asimismo de la pesca que hacían con anzuelos, y no obstante la rudeza que su empresa les había marcado en el rostro y el comportamiento, en su espíritu no habían perdido el lado sensitivo de interpretar canciones acompañadas con vihuela y recitar romances castellanos. Sus esposas también lo hacían en las tardes o en las noches calladas y abrumadoramente solitarias de la comarca santiagueña.
La referencia de algunos cantos y poesías que los vecinos de la capital del Tucumán interpretaban en aquella lejana época, puede recabarse en las ediciones que tenían sobre esos géneros llegadas de España con fecha de 1554 y 1555, como ser el “Libro de Música para Vihuela”, compuesto por Miguel de Fuenllana, “Criollos y Criollas” (en español y quichua), cancioneros como “La Virgen y el ciego”, “La Catalinita” y “Romancero General”, que en su primera parte contenía el popular “Romance del Moro Azarque” (...“Azarque viue en Ocaña / desfterrado de Toledo, / por la bella Zelindaxa / y una Mora de Marruecos... / Mora de los ojos mios / Mal aya el amor cruel, / que flechando el arco cierto, trafpaffa de vn folo tiro / vafallos y Reales pechos, / Mora de los ojos mios...).
Desde luego que las canciones poéticas no eran privativas de los españoles. El dolor del alma por la ausencia del ser querido se expresaba también en el yaraví incaico y el huayno del altiplano, que eran las más tiernas de las canciones quichuas que resonaban en el hábitat del monte santiagueño a través de los instrumentos vernáculos de los juríes y de los aborígenes que habían llegado como auxiliares de las expediciones fundadoras de Prado y Aguirre (“Purunmanchu huaccac rini / astahuami llaquiy miran, / yuyachihuan kamta purim / huaylla, pampa, huayeeo, quírai”. Si salgo a llorar al campo / más se
aumentan mis pesares / porque me acuerdan de tí / bosques, montes, prados, valles).
De esta trama musical surgiría con el tiempo la vidala, con su tocante mensaje de amor que hace doler, desgarrando el alma como ningún otro canto. En tanto, el espectro andaluz de la conquista (que tenía sus versificadores populares en el siglo XVI en Juan de Castellanos, Pedro de Oña y Gaspar de Villagra, y hacía cantar a los españoles después de las peleas), se presentaría junto a la vidalita, cabalgando en ella, excluyente de penas y cargada de chanzas, contraponiéndose a los lamentos de la vidala. Ya en tiempos de la emancipación, las cholas de Tucumán recogieron lejas canciones heroicas, amatorias y ponderativas, que habrían de influir en el estilo de las vidalitas del general Lamadrid.
No es ligero suponer que en la particular idiosincrasia del santiagueño, cuando rompe la tristeza y la trastoca en alegría, encontrando siempre la veta de humor en los aspectos más controvertidos de la vida cotidiana, se sintetizan aquellas influencias ancestrales.
Paulatinamente la mezcla de lo indígena y lo español irían configurando y enriqueciendo el acervo folclórico de Santiago y el Tucumán, con el carnavalito y sus sones de flautas y quenas incaicas que parecen silbidos del viento en las montañas, el gato con el repiqueteo de las castañuelas de origen español y audacias quichuas, la zamba donde reluce el pañuelo con avispeos criollos y dibujos arabescos que influyeron en España, la chacarera (también en su origen con castañuelas) con sus rasgueos de guitarra y retumbos de bombo llamando a sacrílegos ritos de bosques seculares y coplas bilingües en quichua y castellano, el pala-pala interpretando la acción de ciertos animales, el escondido donde lo esquivo y la conquista se confunden entre el hombre y la mujer, diciendo ella al final: “Salí escondido salí, / salí que te quiero ver; / aunque las nubes te tapen, / salí si sabes querer”. Y así el malambo con su hechizo que arrastra dejos de danzas incaicas y destrezas criollas, y tantos otros bailes y canciones que nos llegan de nuestros ancestros que poblaron el antiguo Tucumán.
¡Qué contraste de improntas culturales entre lo aborigen y lo hispano se conjugaban en el origen de Santiago! ¡Qué riquezas de ancestrales y milenarias esencias de lo indígena y lo español daban naciente a un nuevo verbo, al ir transformándose con el tiempo en nuestras tradiciones!
Como esos rasgos del folclore, así también nos han llegado los fundamentos de las creencias y la fe.
No hay pruebas ni versiones contundentes que nos hagan conocer con exactitud los momentos y lugares en que los indios que habitaban en las cercanías del Santiago del siglo XVI realizaban los rituales de sus creencias y supersticiones. Pero no es impropio suponer que desde algún paraje no muy lejano del caserío central, a veces llegaban vagos e imprecisos los cantos y los sones de las
ceremonias en que los indios no convertidos al cristianismo, idolatraban a sus dioses paganos: el Sol (inti), la Luna (quilla), y celebraban sus mitos como el “huayra muyu” (viento arremolinado) y el “nina quiru” (pájaro de fuego). Otros acompañarían a los españoles en los oficios y procesiones de la liturgia católica.
Cuando la fe logró interesar al aborigen, mientras los jesuitas aceptaban ciertos ritos indígenas para cumplir con éxito su extraordnaria misión espiritual en América, se presentaba ante Dios la manifestación de un espíritu autóctono de la tierra santiagueña. Es decir, comenzaron a surgir formas y ceremonias populares de singular veneración que aún se mantienen vivas en nuestros días, como el festejo de San Esteban, que recuerda al dios atmosférico Chiqui de los valles calchaquíes (por dar sólo un ejemplo), en que desde Maco hasta Sumamao la multitud alterna oraciones con gritos de júbilo para auyentar los malos espíritus, y al llegar a destino estalla el ímpetu pagano con danzas criollas, guitarras, bombos y violines en medio de una gruesa explosión de cohetes. En otras devociones como en Mailín al Señor de los Milagros y en Sumampa a la Virgen de la Consolación, también se exteriorizan las prácticas incorporadas a nuestra cultura.
Desde aquel tiempo fundacional, Santiago del Estero iría nutriéndose de simientes folclóricas y religiosas, donde los elementos humanos y naturales más esenciales confluirían en un común acervo cultural. En sus fiestas campesinas -musicales y religiosas- como el Velorio del Angelito y las telesiadas, es donde mejor trasunta y se expresa la herencia que nos llega de las costumbres y virtudes de las razas que convivieron en el principio de Santiago del Estero y nos trasmitieron, a través de los siglos, la amalgama de lo que gestaron.

Cultura a través de los tiempos

Numerosos son los exponentes de la cultura santiagueña que trascendieron las fronteras provinciales. Esa luz que brilló siempre en nombres como Mateo Rojas Oquendo (siglo XVI), viajó en el tiempo pasando por Ricardo Rojas (hijo del ex gobernador Absalón Rojas), Alejandro Gancedo, Pablo Lascano, Andrés Figueroa, para entrar de lleno en el siglo XX con los impulsores de "La Brasa": Bernardo Canal Feijóo, Orestes Di Lullo, Enrique Almonacid, Carlos Abregú Virreira, Clemantina Rosa Quenel, Blanca Irurzum, Irma Reinolds, Manuel Gómez Carrillo, Emilio y Duncan Wagner, Moisés Carol (h) y Gregorio Guzmán Saavedra.
Más adelante poetas, escritores e investigadores como Homero Manzi, Jorge Washington Ábalos, médicos eminentes como Ramón Carrillo, Antenor Álvarez, escultores, músicos y plásticos como Roberto y Rafael Delgado, Ramón Gómez Cornet, Andrés Chazarreta, Julio Argentino Gerez.
Historiadores e investigadores como José Néstor Achával, Luis Alén Lascano, Amalia Gramajo de Martínez Moreno y Hugo Martínez Moreno. Escritores como Domingo Bravo, Betty Alba, Raúl Dargoltz, Julio Carreras (h), Carlos Manuel Fernández Loza, Alberto Tasso, Carlos Virgilio Zurita, Raúl Lima...

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Muy buena tu imformación,bastante sencilla, todo lo demas esta en nosotros....gracias

junio 25, 2008 10:01 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Excelente información sobre Santiago del Estero me encanto la redacción, felicitaciones

abril 25, 2012 6:40 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Muiy buena

noviembre 05, 2012 11:20 p. m.  

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